jueves, 10 de julio de 2014

DULCE Y AMARGA

3
— ¿Hay un espíritu de luz presente?
—Primero revisa que la puerta esté bien cerrada, no nos vayan a encontrar con las manos en la masa. Digo, en la tabla.
—Necesito concentración, o no va a funcionar.
—Cierra bien la puerta, Dalila.
— Si en este recinto hay un espíritu de luz, que se manifieste y nos dé su otrora nombre terrenal.
— ¡Maldita sea, la puerta se está abriendo sola!
—Eso, manifiéstate ante nosotros.
—Coño, ¿estás segura de que no nos siguió nadie?
—Segurísima. Y ya siento cómo se empieza a mover el anillo.
—Puede que sea alguno de los médicos que vino a dormir un rato.
— ¿Hay un espíritu de luz presente? Responda.
—Ya no se mueve, Dalila.
— ¿Qué cosa?
—La puerta.
—Tampoco el anillo.
—Si era alguien, como que se asustó. Pensaría que de verdad salen vainas raras aquí. Oír a dos voces murmurando en un cuarto a oscuras en el que entras muerto de sueño, no debe ser muy agradable.
—Igual es nuestro deber averiguar la verdad.
—No seas grandilocuente, Dalila. Yo preferiría constatar otras cosas. Qué tan duras son tus nalgas, por ejemplo.
—Hombres… Hombres.
—“Mujeres necias que acusáis al hombre sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”…
—Cállate, Vladimir, que así no va el verso.
—Ven acá. Dame un beso. Siente aquí, toca.
— ¡Uy, asqueroso! Voy a llamar al vigilante.
—El vigilante soy yo, querida.

DULCE Y AMARGA

2
La rutina era ridícula allí. Como todas las rutinas. Mantener ese oscuro lugar limpio, ordenado; ver cómo en las hileras de sillas destartaladas se sentaba gente igualmente destartalada a rumiar desgracias como si en verdad valiera la pena. El personal aprendía a pasarles por un lado hasta que, de tanto ignorarlos, había un momento en aquella gente ya no estaba. Se desvanecía o no se sabía qué cosa. Daba igual.

Alguna enfermera se topaba con el viejo y lo saludaba: Taaaacito… ¿cómotalavaina, Tácito? “Calidad, mija”, contestaba él. Ésa era la forma de saludar al obrero más antiguo del dispensario. La mujer se alejaba, tal vez con algo de miedo o recelo. Probablemente las dos cosas a la vez. Ya la habrían puesto sobre aviso acerca del loquito del dispensario, siempre silencioso o como hablando consigo mismo. Tenía todos los años del mundo trabajando allí. No se le conocían parientes cercanos, ni mujer. Y tal vez lo más intimidante por aquellos lados: tenía fama de brujo. Alguna enfermera con años de servicio le habría dicho ya que Tácito era capaz de volar de noche, atravesar paredes, u oír conversaciones ajenas a voluntad. Incluso no faltaba quien asegurara que el hombrecito había muerto hacía años, y lo que veían y escuchaban a diario era simplemente un alma en pena, recorriendo indefinidamente aquél lugar deprimente, donde nadie en su sano juicio querría trabajar mucho tiempo sin terminar pidiendo traslado.

A Tácito no se le veía comer, mucho menos dormir. No podía decirse que su presencia resultara molesta. Pero por alguna razón, que ninguno era capaz de precisar, a nadie le gustaba permanecer por más de quince minutos a su lado. Sólo Ximena, la asistente social, se atrevía a recibirlo en su oficina, y eso únicamente para darle ocasionales desayunos que Tácito agradecía con voz apenas audible. Luego desaparecía.  La Enfermera Jefe, en cierta ocasión abrumada por los comentarios y habladurías, quiso deshacerse de él. Pero de la Unidad Sanitaria llegó un misterioso memorando breve, terminante, en el que a Tácito se lo consideraba parte fundamental del dispensario, razón por la cual no podía ser removido del cargo aunque ya no se recordara exactamente cuántos años de servicio llevaba allí. La mujer mandó buscar en Personal; no se encontró expediente, ni siquiera una miserable hoja de vida que diera al menos alguna pista de quién era Tácito, dónde vivía o cuáles eran sus antecedentes laborales. Hasta que se cansó finalmente, aceptando al hombrecito como parte de aquél lugar en ruinas que le había deparado su vida profesional. También por el doctor Vázquez, médico coordinador al que todos en secreto llamaban irónicamente “el muerto”, que la conminó a abandonar sus averiguaciones, alegando que el hombrecito no era más que un loco manso y tranquilo. Decía esto, no sin cierto dejo temeroso en la voz. Olvidaba comentar a la Enfermera Jefe sobre la noche en que, yendo a la cocina por café, escuchó un murmullo como de gente reunida conversando y se cruzó con Tácito, quien lo saludó sin mirarlo a los ojos y siguió su camino. A medida que fue acercándose, el ruido de la conversación aumentaba; el doctor Vázquez podía distinguir perfectamente las voces de hombres y mujeres. Ni lo imaginó, ni mucho menos lo estaba soñando. Cuando llegó, finalmente, en la cocina no había nadie.

DULCE Y AMARGA


«Dulce y amarga es la gloria.
Mi memoria,  no puede olvidar.
Duele, ¡cómo duele!, cuando pienso que, algún día
De éstos sitios me iré, y tú también.
Pero mientras…»

“Dulce y Amarga”, Evio Di Marzo.


1
El tabique cedió como papel a la acción del golpe. La cacha de la pistola pasó a pocos centímetros del rostro del médico de guardia. Casi pudo sentir el olor metálico del arma. La doctora Bremont incluso se atrevería a decir después que incluso vio gotas de sudor brillando en esa mano violenta (¿o era simplemente un efecto del miedo?) que se fue tan pronto como hubo agujereado la pared. Una mano acostumbrada a matar, que la habría matado de haber dado con ella. A pocos metros, en la destartalada emergencia, entre otros dos compinches que pateaban sillas viejas y bandejas con instrumental quirúrgico agonizaba Nelson, desangrándose a chorros por uno de sus muslos. Gruesa salía la culebra escarlata que más abajo se volvía fluido y manchaba la sábana, el colchón roto. La sangre formaba un charco en el suelo y cuando Fabricio regresó y miró, no pudo evitar soltar un coñoesumadrenojoda que le salió del alma. El Nelson se moría. Se les moría, y tanto las enfermeras como el puto médico habían desaparecido como por encanto.

Fabricio se alejó. Sacó la glock y apuntó con rabia hacia el fondo del corredor. Hizo tres disparos. Dos de las balas fueron a dar contra una pared de ladrillo y se detuvieron; la tercera atravesó el mismo tabique agujereado y hubiese encontrado lugar en un pulmón de la doctora Bremont de no ser por una fuerza, venida de alguna parte, que desvió su trayectoria. Había sido Tácito, invisible, ligero como un soplo, echando mano a sus artes y evitando una tragedia. La doctora Bremont pudo escapar por la cocina y correr hasta la Plaza Bolívar. Con el dispensario vacío, los hombres no tuvieron más remedio que irse llevando consigo el cuerpo del Nelson. Fabricio juró quemar aquél lugar si su primo moría, o rociarlo con todas las balas que pudiera encontrar. Tácito lo escuchó desde un rincón y supo que la amenaza iba en serio. No importaba que hubieran pasado dos años y Fabricio desapareciera del pueblo, convirtiéndose en leyenda. También podía ser leyenda eso de que una parte de la policía lo buscaba mientras otra parte de la policía se encargaba de que jamás fuese encontrado. Eran comentarios, habladurías de bebedores de cerveza, de telefoneros que igual tenían sus vínculos con el mundo hamponil del pueblo. 


Esa noche Tácito regresó a la emergencia. Sin que nadie lo notara, tomó un poco de aquella sangre para protección. Había salido de un cuerpo malvado pero joven, esa característica era sumamente útil. Podía mezclarla, hacerla más poderosa. Luego se deslizó hacia la parte abandonada del dispensario, donde guardó el frasquito. Tuvo una corazonada y subió ligero hacia el techo; justo para ver a la figura traslúcida del Nelson caminar por el borde de aquél tejado suelto con asombrosa facilidad, y saltar al vacío. Antes de eso volteó y lo miró unos segundos, como si hubiera estado esperándolo. 

Con dificultad, con la respiración leve por los nervios, Tácito se fue acercando después a ese borde inseguro. Diez metros más abajo, estaba la franja de asfalto sucio y meado. Lo hizo sabiendo perfectamente que no encontraría cuerpo alguno para mirar.       

martes, 5 de noviembre de 2013

Rancagua



Pequeñas, humildes, casi inadvertidas.

viernes, 18 de octubre de 2013

Zero





 De un círculo vicioso nació Zero, el súper héroe inútil, paladín de la calamidad.

Rapunzel



Jodida Rapunzel: tanto morbo por ese cabello que del color del trigo maduro pasó al ceniciento más feo. Dígame la vez que le cayeron piojos. O aquéllos horrendos ataques de caspa que duraban años. El príncipe encantado gastó fortunas en shampoo, en tratamientos capilares. Hasta que se hartó, y antes de abandonarla para siempre la dejó hecha una momia, bien envuelta con sus propias trenzas.

Heidi



Heidi abandona la ciudad. Está harta del estrés, de la estúpida señorita Rottenmayer, y de la aburrida amistad con Clarita. Decide volver a las montañas para buscar de nuevo a su amado Pedro. En la cabaña más apartada, es recibida con timidez y distancia. A Heidi esto le hace saltar el corazón. Y resuelve salir de dudas: pregunta a Pedro si se ha casado. Él responde que sí. Cuando la invitan a pasar, Heidi se encuentra con un lugar apacible. Un fuego acogedor arde en el hogar, y Pedro  da entonces su silbido de costumbre. Aparece Campanita, acompañada por dos niños-sátiro hermosísimos.

Olsen






La historia era que Jimmy Olsen quedó con Superman todas las tardes, bajo la excusa de un reportaje gráfico sobre los rascacielos de Metrópolis. Esto empezó a hacérsele raro, pero que muy raro a Loise Lane.

Pinocho



Pinocho pidió al hada volver a ser de madera. Le daba lo mismo que notaran sus mentiras. En el trabajo, sus compañeros odiaron a esa larga nariz metiéndose en todas partes. En casa, su señora no opinaba lo mismo.

Unauthorized

"Me tienes que jurar por tu vida que nuestro amor ha sido sincero y discreto", dice Tarzán a Chita con dulzura.
-Sí- contesta ella, pensando en las jugosas ganancias que ofrecerá ese proyecto de biografía no autorizada.