¿Por qué te escribo, cuando nos hemos librado al fin de tus ladridos a cualquier hora del día o de la noche, y ya no correteas a los automóviles del edificio o te les tiras a las ruedas, en franca actitud suicida?
¿Qué podría importar un "pelele", además? Así es como te puso mi sobrino a sus seis años, sin saber que no eras muñeco de trapo, o un pobre pendejo manipulado por otros. A él también lo despertabas con tus serenatas. "Abuela, me despertó el perro desgraciado ése", dijo más de una vez. O sea que además de pelele, eras una criatura odiosa, digna de las más certeras patadas y tus buenos baños de agua fría. ¿Recuerdas cuando te atiné con aquél bombazo, desde la ventana de la sala, en toda la cabeza? Es que ni Robin Hood, ni Guillermo Tell con el cuento ése de la manzana, habrían igualado mi hazaña. Tienes que darme crédito, pelele: un acierto al primer lanzamiento.
Pelele azabache. Pelele pitufo, retaco, liliputiense. Pelele en minúsculas. Pelele hijo de mil puta. ¿Cómo es que algo tan chiquito era capaz de semejante escándalo, por Dios santo?
Eran como río crecido mis insultos. Y tú imperturbable, con aquél desprecio por el mundo que no tienen los gatos sino los perros callejeros. Los gatos son de otro mundo y no nos necesitan. Un perro te mueve la cola, mirándote con ojitos de tarjeta postal cuando en realidad te está diciendo: "pendejo, tírame algo pa comer, ya que eres tan humano. ¿O habrá que besarte también las patas?" Y créeme que te las va a besar, es decir, te las va a lamer. Porque los extremos se tocan y el que se humilla es posiblemente el soberbio en este raro juego de la existencia.
Pelele "ladrón", es decir, ladrador. Que ladrones son otros más pintados. Pelele pendejo, molesto, pelele pata quebrada, medio maricón. Mira que perder el tiempo en ladraderas, habiendo tanta perrita realenga. ¿Te iba eso de la reproducción, pelele? Seguramente no: optarías por la paternidad responsable.
Un día, desapareciste. Tal como habías llegado: de improviso. Luego de tres años, las comilonas que te servía la señora del piso uno, comenzaron a pudrirse en el plato de plástico que te colocaba junto al estacionamiento. El alivio fue inmediato: ya no hubo quien rompiese la rara tranquilidad de nuestras madrugadas tuyeras con los escándalos. Mi hermana empezó a preguntar por tí a los vecinos. Ninguno sabía nada.
Hasta yo me sorprendí bajándote un plato con sobras del almuerzo, cuando juré que jamás haría cosa semejante. Ni aun así apareciste. Nos decíamos: coño, eso también se le va a pudrir.
Y la hedentina llegó a la semana, por los lados baldíos del edificio. No era la comida, que desapareció a manos del conserje, tampoco la basura que tardan a veces tiempo en venir a buscar los empleados municipales.
Mamá aseguró que se trataba de tu cuerpo minúsculo, descomponiéndose al sol implacable del Tuy. Entre botellas rotas y bolsas con escombros. Como un pelele de trapo. Olvidado, inservible. Y tengo que admitirlo: me dio lástima contigo.
Yo, que quise estrangularte tantas veces cuando no podía dormir, heme aquí, echándote de menos. Asomado a la ventana del cuarto, pienso que saltarás hacia las ruedas del primer auto que llegue al edificio, a ladrar como un desaforado cabrón. Como tantas otras noches, pelele.