De pronto son ellos el verdadero imperio.
Dispersos por la mitad del mundo, llegarán incluso a otros planetas aunque así no esté escrito. Lo escribirán, más bien, con esos ideogramas que tienen el encanto, la maestría de siglos y siglos de trazos seguros, perfectos.
Eso, acompañado de linternas, porta papeles, adornos, teclados de computadora, bombillas, etc etc etc. Todo lo imaginable. Como para llenar éste universo y cinco más.
A veces me divierto fantaseando: pienso, por ejemplo, que en unos cuantos siglos nos criarán a manera de esclavos o como alimento (les haremos inevitable competencia a los perros)
El comerciante chino pasea a la hija por la plaza, una bebita como de año y medio. A ella la he visto pasar desde antes que supiera caminar frente al dispensario a espaldas de la madre, una mujer diminuta, extremadamente delgada pero fuerte, de lo contrario cómo habría resistido las embestidas del marido que es un hombre de poderosa contextura y bastante más alto. El dragón, montando a la pequeña rata del zodiaco. Quizá las chinas son como dijo Michaux en su libro Un Bárbaro en Asia, mujeres-enredadera que abarcan tu cuerpo y echan raicillas sobre el vaho de tu respiración. Hablamos de la lucha con que la gota de agua vence a la soberbia roca, aparentemente invulnerable.
La niña es hermosa. Su pelo negro y lacio se bambolea al menor movimiento. Dos azabaches se devoran el rostro pálido. El padre la alza, la besa, la pone en el suelo para que camine un poco, siempre de su mano. Luego se acuclilla y acerca su boca al oído de ella. Yo no puedo escuchar pero sé que son palabras en chino; ternezas en el idioma del despiadado Huang-Ti, del inolvidable Li-Po (el de la luna en el agua), de mi viejo y querido Chuang-Tzú.
Amor filial en sonidos milenarios, con cierto dejo musical. La bebé sonríe como quien se sabe hija del cielo. Seguramente puede oír el murmullo del Tao.